Instituto de Cultura y Patrimonio de Antioquia

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Gobernación de Antioquia

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08
Marzo
2018

María Mercedes Carranza

María Mercedes Carranza es una de las poetas colombianas que más admiro. Por eso sentí que este Club del 1º de abril/2015 dedicado a ella era una invitación a regresar a su poesía, a redescubrirla de la mano de John. Y fue así como empezamos a marchar con él a través de una María Mercedes contundente y rebelde que, a pesar de ser hija (o tal vez por ello) de un “poeta oficial” de Colombia, Eduardo Carranza, y bajo la gran influencia de Nicanor Parra,  reacciona ante esa herencia: “no veo/el sitio para reconocerme,/para recordarme, para/parecerme, no lo veo”.

Empieza a interrogarse acerca del lenguaje mismo en “Babel y usted”: “Si las palabras no se arrugaran, si/fuera posible ponérselas cada mañana,/como una blusa o una falda, (…)/Si algún día hicieran huelga”.

Quiere alcanzar su propia voz. Voz que desde los primeros poemas (Vainas, 1972) lucha por salir:

“Quién lo creyera”:

(…) Crece una bestia por dentro

y esta voz es sólo un gemido.(…)   

“Se lo voy a decir”:

(…) Cada rato hay nuevas maneras

para decir las mismas cosas (…)

Y desde ya nos muestra lo que será su poesía en adelante: “alguien/dijo hágase/la Palabra y usted se hizo/mentirosa, puta, terca, es hora/de que se quite su maquillaje/y empiece a nombrar, no lo que es/de Dios ni lo que es/del César, sino lo que es nuestro/cada día.”

Y por eso su palabra, la que dice lo que es nuestro cada día, se plasma en varios de sus poemas en este libro y en todos los que le siguen, como es el caso de “En vida y otras muertes”, donde dice: “Vuela/air mail con las cartas/ que escribimos, anda entre la sopa/(…)Está/detrás de todo ese montón de ropa para lavar”.

O como en “Aquí con la señora Arnolfini”, en donde toma prestadas frases hechas de la publicidad y las incorpora magistralmente al poema: “Venda su palacio y sus alhajas/y recorra el mundo en auto-stop; beba/la pausa que refresca, compre/lo que tarde o temprano será un Philips”.

Dentro de ese mismo tono irreverente aborda otro gran tema en su primer libro: Colombia. Ante una poesía encumbrada, ante el poeta ensimismado o que solo se preocupa por sus torres de marfil y los jades de la India, y que no hace nada frente al sufrimiento y el horror, María Mercedes lo increpa:

“Cuando la viüda arrancó sus cabellos”:

Debe decirse viüda y gloria inmarcesible.

(…)

Pero no solo eso: debe decir termópilas,

constelación de cíclopes y centauros,

para que nadie entienda,

(…)

Y lo cuestiona:

(…) Y detrás de todo eso, lo que vemos

a diario, que se debe cantar en un himno

distinto de éste, (…)

Y se duele:

“Con usted y con todos los demás”:

Tal vez o nunca, entre las paredes

de este cuarto la Pola Salavarrieta

tose, lagrimea, en resumen se asfixia.

Tanta muerte por la libertad

y el orden para terminar

en una Patria Boba, hecha entre chiste y

chanza (…)

Y nos sacude:

(…) Por usted

que ahora protesta porque Colombia está

contra la pared, pero la acorrala más

durmiendo entre tanto olor a Colombia,

esa loca que habla sola, se golpea

contra las tapias y cree que alguien

la puede curar. Y más que nada usted

a quien lo único que interesa ahora

es la cosecha de melocotones en Singapur.

El último poema de su primer libro ya nos insinúa las temáticas que abordará posteriormente en Tengo miedo, en donde la encontramos más intimista y más sola;  allí su mirada se vuelca hacia sus propias derrotas:  

“Balance final”

Sobre la cama de sábanas destendidas

un segundo del tiempo que les fue dado (…)

(…) Luego y antes y ahora y para siempre

todo fue un juego de espejos enemigos (…)

(…) y un paciente velar el cadáver de aquel instante

“Poema de amor”

(…) Y se desviste como para poder tocar

toda la tristeza que está en su carne

“Sobran palabras”

(…) Queda la palabra Yo. Para esa,

por triste, por su atroz soledad,

decreto la peor de las penas:

vivirá conmigo

hasta el final.

Y quiere explicarse a sí misma a través de otros:

“Una rosa para Dylan Thomas”

(…) no envejecerá entre cuatro paredes

dócil a las prohibiciones y a los ritos (…)

 

“Borgiana”

(…) Si tan sólo se le hubiera permitido

                     usar por una vez el cuchillo de Muraña

para saborear el coraje de matar o de ser muerto.(…)

Para finalmente encarar en primera persona su propia naturaleza:

“Guión para una escena de Antonioni”

Frente al espejo,

diálogo caprichoso,

recorro las arrugas de mis ojos. (…)

(…) toco con la yema de los dedos

todos los años

que en mis párpados son (…)

 

Admitir su miedo:

Miradme: en mí habita el miedo.

Tras estos ojos serenos, en este cuerpo que ama: el miedo (…)

Y admitir que cae en el juego de mostrarse ante el mundo de una manera siempre correcta:

“El oficio de vestirse”

(…) Lo primero es colocarme mi gesto

de persona decente.

En seguida me pongo las buenas

Costumbres (…)

(…) y en los ojos

esa mirada tan amable (…)

“Patas arriba con la vida”

(…) arrendé mi alma a la hipocresía: he traficado

con las palabras,

con los gestos, con el silencio;

cedí a la mentira (…)

 

Y, finalmente, nombrar a un enemigo incierto:

“Encuentros con el enemigo”

(…) Los rostros perdidos vienen uno a uno a su memoria,

indiferente los mira y los deja pasar de largo.

Entonces ocurre el miedo porque sí

y ya nada queda sino el abandono.

A la mañana siguiente, irresponsable y cotidiana,

amará de nuevo y sin pudor

a todos los fantasmas de la noche pasada.

“No vivo en un jardín de rosas”

Si nombro mis fantasmas

tal vez pueda engañar al enemigo.(…)

 

Tomado de Biblioteca Luis Ángel Arango virtual

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